Así que...mi ilusión era tocar el piano...como las niñas del cuadro...como las niñas de todas las familias que había conocido, como un mandato de la presencia terrenal: NIÑA-PIANO.
En el Colegio María Auxiliadora, las Monjas dictaban clases de piano como materia Extra-curricular.
Por lo tanto había que pagarlas aparte.
Poco podía yo saber de las necesidades y los apremios económicos que mi madre sufría fuera del ámbito del Colegio, tan solo para pagar la cuota de sus cuatro hijos. No era fácil la viudez en los años 60...
Nunca supe cómo lo logró, lo cierto es que mi carita era puro gozo y felicidad el día que pude entrar al salón del piano para comenzar mis clases.
Nunca supe cómo lo logró, lo cierto es que mi carita era puro gozo y felicidad el día que pude entrar al salón del piano para comenzar mis clases.
La música, genial idioma universal, me sumía en un estado de profunda devoción y comunión conmigo misma. No importaban las horas de solfeo, si una vez en la semana podía tocar los misterios de las teclas blancas y negras de marfil brillante...
Hoy no logro recordar cuánto tiempo transcurrió envuelta en la alegría que me producían las horas de música.
Si recuerdo, amargamente, la mañana en que la Hna. María me dijo que no podía entrar más a las clases de piano, porque mi madre no podía pagar las lecciones...
HERMANAS, QUE GENIA MUSICAL HAN PERDIDO!!!! QUE PIANISTA EXCELSA!!! QUE NIÑA PRODIGIO!!! QUE PÉRDIDA PARA LA HUMANIDAD!!!
Durante dos días, las lágrimas fueron toda mi comunión.

